Como todo buen equipo de profesionales invisibles que opera detrás de cámaras, en condiciones un tanto precarias y con cierto síndrome de insatisfacción crónica, solemos aferrarnos a algunas ideas polémicas para reivindicar nuestro oficio. Una de nuestras favoritas, que desde luego evitamos mencionar frente a las personas que se acercan buscando servicios editoriales, es la siguiente:

Tabla de contenidos
  1. El salto entre texto y libro
  2. Perderle miedo a la mediación
  3. El lector como interés compartido
  4. La edición también es forma
  5. Formar un libro es organizar una conversación

El salto entre texto y libro

“Hagan lo que hagan, los autores no escriben libros” (Chartier, R. | 2007).

Sí, sabemos cómo suena. Sumamente pretenciosa y propia de esa personalidad de cerebritos lectores que ya de por sí se nos atribuye. Nos ahorraremos la lista de respuestas indignadas que hemos recibido sin oportunidad de explicar el contexto. Porque, en realidad, si pudiéramos expandir la idea, la comunicación entre autor y editor, y entre el libro y sus lectores, sería mucho más sencilla.

La tesis es simple: el autor no escribe libros, escribe textos que pueden transformarse en libros. La frase de Roger Chartier nos interesa precisamente porque desmonta la idea del salto mágico entre manuscrito y libro terminado. La idea del libro se concibe en la editorial, y mientras antes entendamos que existe todo un proceso detrás del telón (a cargo de esos personajes malvados que somos nosotros, los editores) mejor podremos comprender qué es esto de editar, corregir y vestir con una portada.

Una reinterpretación de la “sociología oculta del texto” permite abandonar la idea del libro como un recorrido directo entre autor y lector. Chartier propone pensar en los textos que buscan convertirse en libros como “formas registradas con procesos de transmisión, incluyendo producción y recepción”. Es decir, los libros son una interfaz entre el autor y el lector. A este punto, resulta oportuno preguntarse: ¿es el libro el medio adecuado para transmitir el mensaje? ¿A quién queremos dirigirnos? ¿Es la palabra impresa la mejor herramienta para divulgar esta información?

No vamos a atacar con qué merece o no convertirse en libro, seamos prácticos, pero es cierto que el anhelo de muchos escritores de nuestros tiempos es darse a conocer, ser leído, alcanzar la llamada “viralidad”. Si optamos por el libro como herramienta para lograr esos objetivos, es fundamental empezar por entenderlo como un dispositivo que contiene discurso. Un texto escrito por el autor, que se transforma con el recorrido organizado por el editor, para convertirse en un libro a ser interpretado por un lector.

Un libro es una propuesta de diálogo, quizá lo difícil no es explicar esto, sino convencer al autor de perderle miedo a sus implicaciones.

Querido autor, no escribes libros
El autor escribe textos que pueden transformarse en libros.

Perderle miedo a la mediación

Chartier recupera una escena de Victor Hugo en la que un clérigo, ante la llegada de la imprenta, observa con temor aquello en lo que se convertirá su palabra escrita, piensa que la maquinita esa “va a matarla”.

Sin mayor dramatismo, sabemos que la imprenta no mató la palabra escrita, como el video tampoco acabó por completo con la radio. Sin embargo, esa escena contiene muchos de los temores que todavía persiguen a los autores cuando se acercan a los procesos editoriales.

Durante siglos, la circulación de la palabra escrita implicó controles, mediaciones y revisiones. Hoy, esos mismos mecanismos suelen aparecer como el dolor de cabeza del autor cuando el editor propone, por ejemplo, una corrección de estilo. Los mecanismos que dan orden a la cultura escrita implican intervenciones, corresponden al tratamiento que recibe un texto para convertirse en libro.

Entendemos ese miedo. Lo que ya no podemos seguir perpetuando es la idea del editor y el autor como enemigos naturales. Tampoco queremos reducir la discusión al contexto desde el que siempre se aborda, el viejo enfrentamiento entre el gran grupo editorial y el escritor literario.

Nos vemos obligados a hacer un paréntesis, porque entendemos que técnicamente, en la autopublicación el autor gestiona por sí mismo las etapas del proceso editorial. Por eso suele pensarse que la mediación desaparece. Y, desde luego, buena parte de la crítica tradicional hacia la autopublicación nace justo ahí, en pensar en la autopublicación como “uno de los fenómenos más disruptivos en el ámbito de la edición colmando las aspiraciones de los cientos de miles de autores frustrados, o de grafómanos compulsivos, dando salida a millones de títulos que han inundado el mercado de obras carentes de control de calidad alguno” (Zaid, G. | 2010).

Nuestro interés está en otra parte. Nos interesa pensar en el autor que evita el mundo editorial por miedo a perder el control sobre su obra y que, al mismo tiempo, reconoce la necesidad de cierta mediación profesional. La pregunta entonces cambia: ¿qué se gana y qué se pierde cuando el miedo a perder libertad elimina la conversación editorial? Nuestra respuesta: dejamos de percibir el potencial del libro como un medio accionario, como un medio de diálogo.

El lector como interés compartido

El libro se concibe en la editorial porque ahí inicia la conversación. Ya sea literatura, divulgación, ensayo o manual técnico, los libros buscan interlocutores. Buscan integrarse a una conversación más amplia y encontrar a sus lectores ideales.

Por más que poco a poco se reconcilian la figura del autor y editor, en los servicios de autopublicación esa conversación parece desaparecer. Desde el lado editorial se perpetúa la idea de “obra sin control de calidad”; desde el lado del autor, la del “cliente que solo da instrucciones”. Y entre ambos persiste el mismo miedo, que el editor convierta la obra en algo ajeno a los intereses del autor.

El problema no está en defender los intereses del editor ni en proteger ciegamente los del autor, sino en reconocer un interés compartido: el lector. Por eso insistimos tanto en otra de nuestras frases polémicas: “El compromiso del editor es por el bien del libro”.

A primera vista, esta declaración parece confirmar el peor temor del autor, que estos seres editores y su síndrome de insatisfacción crónica solo están cazando oportunidades para hacer el tipo de libros que a ellos les gustan. Pero el compromiso con el libro no consiste en imponer preferencias personales ni en transformar todos los textos en libros que nosotros queremos leer. Consiste en comprender el texto, identificar sus posibilidades, detectar áreas de mejora y ayudarlo a construir una relación más clara con sus lectores. Esto solo puede lograrse desde el diálogo.

No esperamos que el autor nos transfiera años enteros de formación especializada para entender cada detalle del contenido de su obra. Nuestra tarea es otra: evaluar cómo ese contenido puede transformarse en libro. ¿Necesita un prólogo? ¿La estructura ayuda a la lectura? ¿Las tablas son legibles? ¿La corrección mejora la comprensión? ¿La portada dialoga con el público adecuado?

En palabras de Gabriel Zaid: “Los discursos sembrados en la conversación germinan y producen nuevos discursos” (2010). Dotar el contenido de capacidad de interlocución es sembrar el texto en un suelo suficientemente fértil para convertirlo en libro.

Pensemos en el viejo esquema del proceso comunicativo que aprendimos en la escuela: emisor, mensaje y receptor. Solemos olvidar que entre ellos también existen un código y un canal. De la claridad del emisor en ese primer borrador del contenido dependerá que estos otros elementos lleven el mensaje a su mejor versión para llegar al receptor. Construir ese canal rara vez es trabajo de una sola persona. Es un trabajo que requiere diálogo.

Querido autor, no escribes libros
El compromiso con el libro no consiste en imponer preferencias.

La edición también es forma

Más allá de los criterios para guiar el camino de “cómo debe hacerse una edición”, desde el formato, estructura, jerarquías y tamaños hasta la selección de papel, cosas de las que, por cierto, ya hemos hablado hasta el cansancio en esta web. La edición debe comenzar por entender la conversación que necesita el autor y su texto, porque no, no es la misma para todos. En la homogeneización de los procesos de edición, esos que se venden en paquetes de 10 libros no personalizables, se pierden por completo los matices naturales de un diálogo.

Últimamente, todos los libros se ven iguales y se sienten iguales, sin importar el género. Podemos darles el beneficio de la duda hasta la lectura, pero la similitud es innegable. La misma portada en un libro de desarrollo personal y en uno de negocios. Los mismos colores, la misma distribución, “lo que está de moda”. A ver, no somos el clérigo de la escena de Victor Hugo tachando de mortal “el fin del diseño gráfico”, pero sí que hay una marcada tendencia a eliminar la individualidad. Herramienta de inteligencia artificial de por medio o no, el diálogo nunca empieza cuando repetimos las palabras de otros sin enriquecer con las propias.

Formar un libro es organizar una conversación

Hacer un libro que pretende ser leído es un proceso colectivo. La retroalimentación autor-editor influye en las decisiones de diseño; el diseño condiciona la legibilidad; la coordinación editorial organiza tiempos y procesos; la dictaminación interpreta necesidades; la portada orienta al lector adecuado. Incluso cuando el editor no pertenece al grupo de lectores meta del libro, necesita comprender hacia quién se dirige para ayudar a construir ese puente. Formar un libro también es organizar una conversación.

Y sí, todo esto puede sonar excesivamente idealista, justo el tipo de comentario que se esperaba de los especialistas en libros. Pero vamos más allá de eso, como recuerda Zaid: “Está muy bien sentir que los libros no son mercancía, sino diálogo, revelación; pero no para despreciar el comercio, sino para recordar que, en último término, nada es mercancía” (2010).

Los libros también circulan dentro de un mercado. También necesitan venderse, distribuirse y encontrar lectores reales. Su naturaleza textual y naturaleza comercial requiere de la eficacia del proceso comunicativo, del trabajo de ambos con las palabras para hacer de ellas “conjuntos significativos y atractivos (...) constelaciones bien organizadas que crean valor agregado”, potencial de diálogo.

Si hacemos libros, queremos hacer buenos libros. Libros capaces de entablar diálogo, comunicación e interlocución. Así que sí, querido autor, eso que vienes a presentarnos todavía no es un libro. Pero conversemos, ahí empieza todo.

Querido autor, no escribes libros
Formar un libro también es organizar una conversación.

Bibliografía

De Diego, José Luis. (2020). Los autores no escriben libros: Nuevos aportes a la historia de la edición. Buenos Aires. Editorial Ampersand.

Chartier, R. (2007). The Order of Books Revisited. Cambridge University Press. https://histoire.ens.psl.eu/IMG/pdf/chartier-order_of_books_revisited.pdf

Zaid, G. (2010). Los demasiados libros. Editorial Debolsillo, México.