En este artículo, no vamos a repetir las obviedades que abundan en los blogs sin alma. Vamos a diseccionar, con bisturí editorial, qué significa realmente maquetar un libro. Desde el papel que juega dentro del diseño editorial hasta los costos reales (y no las cifras mágicas que ofrecen los tutoriales de YouTube). Y sí, también hablaremos de Word, ese noble procesador de textos que algunos insisten en utilizar como si fuera InDesign.
Bienvenido a un artículo que no sólo te dirá cómo se maqueta un libro, sino por qué deberías pensarlo dos veces antes de hacerlo tú mismo.


¿Qué es la maquetación de libros?
La maquetación de libros es, en esencia, la tarea de convertir un texto corregido en un objeto legible. No como dicen ellos. Es decir, tomar lo que ya fue editado y, con respeto casi litúrgico por las decisiones del diseño editorial, componerlo en páginas reales o virtuales. Ponerlo bonito, sí. Pero también legible, cómodo, funcional y técnicamente impecable.
No es —como algunos creen— un último paso decorativo. Es un proceso técnico, profundo, que involucra proporciones, jerarquías visuales, armonía y hasta sentido del ritmo. La maquetación es ese lugar donde el contenido y el continente sellan su matrimonio. Si está mal hecha, el lector no sólo lo notará: lo sufrirá.
¿Qué hace exactamente un maquetador?
El maquetador no inventa nada. No decide el tipo de letra ni el tamaño de página ni los márgenes (eso lo define el diseñador editorial). Su tarea es ejecutar esas decisiones con precisión quirúrgica y asegurarse de que nada —ni una viuda, ni una palabra huérfana, ni una imagen borrosa— arruine la experiencia del lector.
Si el diseño editorial es la partitura, la maquetación es la interpretación orquestal. Y créenos: una mala ejecución puede convertir a Bach en reguetón mal grabado.
¿Y si hay imágenes, tablas, gráficos o ilustraciones?
Ah, el infierno de la maquetación se llama "contenido visual no optimizado". El maquetador debe integrar todo eso sin romper la armonía del texto. Homologar estilos, mantener coherencia y garantizar que nada luzca como insertado por accidente. Si la imagen está pixelada o la tabla fue insertada como JPG borroso… la culpa recaerá sobre el libro entero.

Diseño editorial vs. Maquetación: ¿por qué no son lo mismo?
Confundir diseño editorial con maquetación es como pensar que componer una sinfonía es lo mismo que afinar los violines. No lo es. Aunque ambos forman parte de la misma obra, su naturaleza, su momento y su responsabilidad son radicalmente distintas. Si te interesa este tema, te sugiero leer el siguiente artículo.
El diseño editorial: la arquitectura invisible
El diseño editorial es el plano maestro. Aquí se decide cómo será el libro antes de que siquiera exista: tamaño del formato, proporción de márgenes, tipografía principal y secundaria, jerarquías visuales, color, estilo de encabezados, posición de pies de página, estilo de folios, estructura del contenido... Todo eso es diseño editorial.
Es un trabajo de alta estrategia. Implica responder preguntas fundamentales: ¿Cómo debe leerse este libro? ¿Qué emociones debe evocar? ¿Se siente más cómodo con una caja tipográfica generosa o con un bloque compacto? ¿Usamos una retícula modular o columna libre?
Si el diseño está mal, el resto es irrelevante.
La maquetación: ejecución milimétrica
La maquetación, en cambio, es el momento de ejecución. Aquí no se decide cómo será el libro: se ejecuta lo ya definido. El maquetador no especula: obedece. Pero su obediencia es minuciosa, precisa, casi obsesiva. Es quien coloca cada palabra, cada espacio y cada elemento gráfico en su lugar.
¿Puede un diseñador editorial maquetar? Sí. ¿Debe hacerlo siempre? No necesariamente. Hay diseñadores que no tienen la paciencia para corregir viudas y huérfanas durante horas, ni el rigor para hacer 200 páginas sin que se mueva una línea fuera de la caja tipográfica. Para eso está el maquetador: un obsesivo útil y silencioso.
¿Cuándo se debe maquetar un libro?
La respuesta corta: cuando el libro ya está corregido y diseñado.
La respuesta larga: cuando uno quiere publicar algo que no parezca sacado de una tesis universitaria de los noventa.
Maquetar antes de corregir es como barnizar un mueble sin lijar la madera: el brillo sólo servirá para resaltar las astillas. Pero lo que es aún peor —y tristemente frecuente— es imprimir un libro sin haberlo maquetado: simplemente exportarlo desde Word, como si el PDF fuera la consumación editorial de una obra literaria. Spoiler: no lo es.
El momento correcto: después de la corrección, antes de la impresión
La maquetación de libros es el paso posterior a la corrección de estilo y previo a la corrección ortotipográfica y mucho antes de la impresión. Aquí ya no se modifica el contenido, al menos en teoría. Porque en la práctica, si al maquetar se detecta un salto de línea ofensivo, una viuda escandalosa o una imagen que amenaza la dignidad visual del libro, habrá que volver a ajustar.
Lo ideal es que los cambios de contenido ocurran antes de maquetar. Pero si hay ajustes menores durante la maquetación, se hacen. Con cuidado. Con precisión. Y ojalá con supervisión editorial.
¿Y si quiero cambiar algo después de maquetar?
¿Cambiar el texto después de maquetar? Puedes hacerlo. También puedes pintar una casa recién con cemento fresco sin poner cinta en los bordes. El resultado será igual de desastroso.
Cada cambio posterior a la maquetación implica una cadena de reacomodos: notas al pie que se desordenan, folios que cambian de página, cornisas que ya no coinciden, saltos de capítulo que se corren. Por eso: maqueta sólo cuando estés seguro de que el texto está listo para vestir traje de gala.

Programas profesionales para la maquetación de libros
Existen dos tipos de personas: quienes maquetan en Adobe InDesign y quienes creen que Word es suficiente. Adivina cuál de los dos grupos imprime libros con viudas, saltos erráticos y líneas partidas a la mitad.
Adobe InDesign: el estándar profesional
InDesign no es una sugerencia: es el estándar. Desarrollado por Adobe para el diseño editorial, InDesign permite un control absoluto sobre cajas tipográficas, estilos de párrafo, sangrías, filetes, folios, interletraje, y cualquier otra obsesión que un diseñador editorial o maquetador profesional pueda tener. Es, en pocas palabras, el programa que respeta el libro como objeto cultural.
No es intuitivo. No es amigable para novatos. Pero es confiable, preciso y, sobre todo, hecho para libros. Un archivo bien maquetado en InDesign puede convertirse en un PDF listo para imprenta, un EPUB con reflujo inteligente o un archivo interactivo para dispositivos digitales.
¿Y qué hay de Word?
Sí, Word. Ese procesador de textos diseñado para redactar cartas administrativas y hacer listas del super. Técnicamente, puedes maquetar un libro en Word. Así como técnicamente puedes freír un huevo con una plancha para ropa.
¿Se puede? Sí. ¿Se debe? No. Word tiene limitaciones importantes:
- No controla bien el uso de tintas para impresión offset.
- El formato de página es rígido, especialmente en composiciones no estándar.
- El control sobre interletraje y espaciado entre líneas es limitado.
- Convertir de Word a formatos digitales puede volverse una pesadilla digna de Kafka.
La única razón para maquetar en Word sería la falta absoluta de presupuesto y un desapego emocional total por la estética editorial. Aun así, hay mejores caminos: Scribus, Affinity Publisher o incluso Canva (sí, aunque nos duela), ofrecen más posibilidades que Word para alguien con buen gusto y poco dinero.

Errores comunes en la maquetación de libros
Hay errores que se notan. Y hay errores que gritan. En el mundo editorial, los errores de maquetación pertenecen a la segunda categoría. No hay lector que los pase por alto, aunque no sepa cómo se llaman. Un mal interlineado, un salto de línea abrupto o una imagen en baja resolución son el equivalente editorial a un zapato roto en una gala: no importa cuánto lo ignores, ahí está.
Viudas, huérfanas, ríos y callejones
No, no estamos hablando de una novela gótica. Estas son figuras del horror tipográfico.
- Viudas: una línea suelta al final de un párrafo que cae sola al inicio de una página.
- Huérfanas: lo opuesto: una línea solitaria al final de una página, separada de su párrafo.
- Ríos: espacios blancos entre palabras que fluyen como riachuelos a lo largo del texto.
- Callejones: alineaciones verticales de palabras cortas que crean ritmos visuales involuntarios.
¿La solución? Neurosis, atención obsesiva y un buen software. Pero sobre todo, saber que existen.

Páginas sin aire, capítulos sin pausa
Hay libros donde cada página está tan llena de texto que uno siente que el autor quería aprovechar cada centímetro de papel como si imprimiera en papiro. No. El blanco también es parte del diseño. Las páginas de respeto, los saltos de sección, los descolgados bien aplicados son descansos para el ojo y la mente. Un libro que no respira, asfixia.

Notas al pie que parecen accidentes
Una buena nota al pie debe informar, aclarar o ampliar sin entorpecer la lectura. Pero si el número está mal colocado, si la separación no es clara, si las notas están pegadas al cuerpo de texto o aparecen fuera de orden, el lector sentirá que está caminando por un campo minado.
El formato correcto, la jerarquía visual, la separación con filete fino y una fuente discreta (pero legible) son deberes del maquetador. No son detalles menores: son lo que separa un libro profesional de un archivo improvisado.
Folios, cornisas y simetría rota
Los folios (números de página) y las cornisas (títulos o subtítulos en la parte superior) no están ahí porque sí. Deben estar alineados, equilibrados entre página par e impar, con márgenes consistentes y sin invadir el contenido. Poner un folio mal ubicado es como bordar el nombre del autor en la portada... con crayones.

Elementos que el lector nunca debería notar (pero tú sí)
Un gran logro de la maquetación profesional es su invisibilidad. El lector jamás debería detenerse a pensar en márgenes, alineaciones, sangrías o filetes. Si lo hace, es porque algo falló. La maquetación, cuando está bien hecha, se convierte en un vehículo transparente entre el texto y el lector. Pero para que eso suceda, hay una lista de elementos técnicos que deben ser tratados con una devoción casi religiosa.
Descolgados: la pausa visual que nadie agradece (pero todos disfrutan)
Los descolgados son esos espacios entre el título de un capítulo o sección y el cuerpo del texto. No están ahí por accidente. Son zonas de oxigenación visual, de jerarquía en el texto, de respiro estructural. Pero deben ser coherentes: no hay nada más caótico que un libro donde cada capítulo inicia a una altura distinta.
Es decisión de diseño editorial usar o no descolgados. Pero es responsabilidad del maquetador que se vean iguales en todo el libro.
Notas al pie bien puestas (sí, otra vez)
El lector no necesita saber cuánto sudó el maquetador para que la llamada de nota se alinee con el texto y la nota se distinga del cuerpo. Pero si hay notas fuera de orden, tamaños inconsistentes o símbolos sin lógica, el lector no sólo lo notará: desconfiará del libro entero.
¿Usas superíndices? ¿Asteriscos? ¿Reinicias por capítulo? Cualquiera que sea tu convención, lo importante es que esté bien ejecutada y se mantenga sin excepciones.
Páginas blancas: esos silencios necesarios
Termina un capítulo. ¿Qué sigue? ¿Otra página llena de texto sin respiro? No. Una página en blanco, colocada con intención, ayuda a marcar el cambio de ritmo, a otorgar solemnidad al inicio de una sección, a ofrecer descanso. No llenes todas las páginas como si pagaras por renglón. El blanco también comunica.
Eso sí: no se trata de tirar hojas vacías como quien reparte folletos. La página en blanco tiene función y lugar, y se ubica con sentido editorial.
Simetría entre páginas enfrentadas
Un libro impreso se compone, normalmente, en pliegos: páginas pares a la izquierda e impares a la derecha. Por lo tanto, deben estar perfectamente alineadas. La caja de texto debe coincidir, los márgenes deben reflejarse como en un espejo editorial. Nada de colocar una caja más arriba que otra. Nada de folios desfasados. La simetría no es estética: es estructura.

¿Cuánto cuesta realmente maquetar un libro en México?
Hablemos de dinero. Porque sí, maquetar cuesta. Y aunque muchos lo consideran el paso “menos glamoroso” del proceso editorial, es uno de los que más impacto tiene en el resultado final. No es un lujo: es una necesidad. Y como toda necesidad bien ejecutada, tiene su precio.
Eso sí: no hay tarifa universal. Todo depende del tipo de contenido, la complejidad del diseño, los tiempos de entrega y, por supuesto, los caprichos del archivo que entregues.
Precios estimados de maquetación editorial en México (2025)
A continuación, te presento una tabla de referencia —no de fantasía— que refleja lo que realmente se cobra en el medio profesional por maquetar un libro:
| Tipo de contenido | Costo por página maquetada |
| Texto corrido (novela, ensayo, poesía sin florituras) | $21.50 mxn |
| Libro con imágenes, tablas o gráficas integradas | $31.25 mxn |
| Composición a dos columnas o maquetación compleja | $62.50 mxn |
| Libro con dos columnas + imágenes, tablas, esquemas | $87.50 mxm |
Nota: Estos precios son orientativos. Lo que realmente encarece un libro no es el número de páginas, sino el desorden de tu archivo fuente.
Factores que pueden disparar los costos
- Urgencia editorial: si necesitas todo “para ayer”, el precio puede duplicarse sin pestañear.
- Gráficas mal entregadas: si mandas tablas como imágenes borrosas incrustadas en Word, estás pagando el precio de tu propia desorganización.
- Imágenes en baja resolución: lo que se ve bien en pantalla puede verse desastroso en imprenta. Y corregirlo cuesta.
- Notas al pie hechas a mano: insertar llamadas sin la herramienta adecuada es un suicidio editorial que luego alguien deberá corregir... con cargo adicional, claro.
- Cambios de último minuto: ya lo dijimos, pero vale la pena repetirlo: cada palabra que cambias después de la maquetación, cuesta.
¿Puedo maquetar mi libro yo mismo?
Sí, claro que puedes.
También puedes cortarte el pelo tú solo frente al espejo o tratar una caries con un clip esterilizado.
La pregunta correcta no es si puedes, sino si deberías.
La maquetación profesional requiere herramientas técnicas, experiencia editorial y una relación íntima con la legibilidad, el ritmo tipográfico y la dignidad gráfica. Si crees que con Word, buena voluntad y un tutorial de diez minutos en YouTube vas a lograr una composición profesional, lo que estás haciendo no es autoedición, es autoengaño.

Kindle Create: el Word con maquillaje
Kindle Create —o Kindle Digital Creator, como Amazon intenta hacerlo sonar más sofisticado— es una herramienta pensada exclusivamente para libros que se van a imprimir y distribuir por Amazon KDP. No está mal. Para ese universo cerrado y preconfigurado, cumple su función.
Pero veamos lo que sí es y lo que no es:
✅ Sirve para libros con poco diseño, sin imágenes complejas ni composición a dos columnas.
✅ Automatiza márgenes, encabezados y numeración dentro de sus plantillas.
✅ Permite exportar directamente a los formatos que Amazon necesita.
❌ No sirve si vas a imprimir fuera de Amazon.
❌ No te da control sobre interlineado, espaciado fino, estilos de párrafo o retícula.
❌ No puedes personalizar cajas de texto, jerarquías visuales ni elementos gráficos con precisión editorial.
❌ No hay control sobre separación de sílabas, alineación óptica ni microtipografía.
En resumen: si vas a imprimir sólo en Amazon, y tu libro es texto corrido sin exigencias gráficas, Kindle Create puede ser una opción práctica y barata. Pero si quieres un libro con presencia editorial real —uno que no parezca una plantilla reciclada—, esta herramienta es insuficiente.
¿Y si quiero intentarlo igual?
Adelante. La experiencia puede ser valiosa. Pero prepárate para entender —una vez que lo veas impreso— por qué existe toda una industria que vive de corregir lo que los autores quisieron hacer por su cuenta.
¿Te gustaría que avancemos con el punto final: Conclusión: la dignidad también se maqueta? Ahí podemos cerrar el artículo con elegancia, autoridad y una invitación sutil a contratar profesionales.
Perfecto. Aquí tienes una nueva versión de la conclusión, que enfatiza el tiempo, la entrega y la seriedad con la que se escribe un libro, así como el daño que una maquetación descuidada puede infligir, no sólo al lector, sino —sobre todo— a la obra misma.
Conclusión: la dignidad también se maqueta
Escribir un libro no es un acto trivial. Requiere disciplina, paciencia y una inmersión que va más allá del teclado. Un libro implica años de obsesión, reescritura, dudas, lecturas, y en ocasiones, un desgarramiento íntimo que sólo el autor conoce.
Y después de todo eso, ¿vas a dejar que una maqueta improvisada lo arruine?
La maquetación de libros no es un ornamento técnico: es el cuerpo que le damos a una obra para que exista ante los ojos del lector. Un diseño mal ejecutado no sólo incomoda: deforma. Una mala tipografía puede trivializar una novela profunda. Una imagen fuera de registro puede hacer que un ensayo riguroso parezca amateur. Cada página mal compuesta es una puñalada silenciosa a la credibilidad del texto.
Maquetar bien es una forma de honrar la obra. Es reconocer que el contenido merece un continente a su altura. Porque cuando un libro está bien maquetado, no lo notas. Pero cuando está mal hecho, ni el mejor argumento salva la experiencia.
En Mílian Editores llevamos décadas cuidando que eso no ocurra. No sólo porque sabemos cómo hacerlo, sino porque respetamos lo que un libro representa.