A estas alturas ya es imposible mantener la cuenta de la cantidad de veces que hemos tenido que encarar la infame noción de que optar por escribir como camino de vida, goza de una única motivación inherente. Hoy nos disponemos a desmontar el mito en solidaridad con las voces emergentes de las nuevas oleadas de la escena cultural. Vamos a decirlo claramente: No, no escribimos por amor al arte.

Tabla de contenidos
  1. Escribir también es un oficio
  2. El mercado fabrica precariedad
  3. Las promesas vacías sobre el tiempo
  4. Cuando escribir bien se vuelve incosteable
  5. Hacer sostenible la vida escrita

Escribir también es un oficio

Claro que la escritura puede ser muchas cosas. Que muchos encuentran en su naturaleza noble una oportunidad de canalización creativa o emotiva, un espacio de libertad, de sosiego, de abrazo. Es precisamente esta necesidad de sostener y transfigurar la manera en la que nos vinculamos con el mundo por la que resulta esencial indagar en la amplia gama de razones por las que escribimos y que transgreden los límites preconcebidos de lo estético.

Hay autores que hablan de inmortalidad, trascendencia, curiosidad o hasta autodesprecio como motor de su escritura. Sin embargo, no parece casualidad que la mayoría de ellos convergen en algo muy particular: escribir desde una sensación de inconformidad con la realidad. Dice Juan Marsé: “Ando buscando la conciencia de que hay algo en alguna parte que es o podría ser más coherente, más hermoso y hasta más real que ese conglomerado de ficciones y convenciones humanas que llamamos «realidad» y que componen la sociedad en que vivimos” (1997).

Así mismo, las consideraciones sobre el acto de escribir ejercido como oficio, a pesar de fluctuar entre el amor y el odio, también comulgan en que existe un alto grado de preocupación asociada a las circunstancias, emparejadas con el miedo al fracaso o la obsesión con terminar la obra a tiempo. La escritura se ve permeada por el hastío del esfuerzo de años y por la duda de si “aquello a lo que han dedicado su vida no es en realidad una labor absurda, inútil, necesaria para nadie.” (Ayuso, A. |1997)

Ahora bien, hay que reconocer que esta figura del escritor torturado, poco resiliente y receptivo del mundo circundante tampoco resulta ajena. Al contrario, es una noción que, más allá de lo común, se ha convertido en la predilección del imaginario colectivo, siempre acompañada de una pregunta latente e imposible de obviar a la hora de articular el arquetipo por la contradicción que supone esta oposición de ideas: ¿Cómo se escribe solo por amor al arte si resulta tan insoportable? Lo cierto es que nosotros tampoco tenemos una respuesta definitiva. Lo que sí es seguro es que las causas de tal angustia no son imaginarias. Valdría la pena preguntarse por los distintos lugares desde los que se enuncian las distintas ocupaciones que orbitan lo literario y sus formas particulares de movilizar ficciones.

Escribirse en la cultura de la supervivencia
No, no escribimos por amor al arte.

El mercado fabrica precariedad

En su ensayo, “Dinero y Escritura”, Olivia Teroba explora las condiciones reales bajo las que los autores se inscriben en el campo laboral y la insistencia de estas redes de mecanismos culturales en mantenerlo precarizado. Preguntarse por todos aquellos cuerpos e instrumentos que intervienen en los procesos relativos a la producción, difusión y distribución del libro es necesario cuando nos enfrentamos al hecho innegable de que solamente escribir por amor al arte no alcanza: “Este propósito la ha conducido a buscar retribuciones monetarias en todo tipo de oportunidades que se presenten, con la condición de que estén relacionadas con escribir: concursos literarios, becas, contribuciones a revistas, publicación de libros con pago de regalías” ( 2024).

La voz de Teroba se despliega en un “yo que somos muchos” para visibilizar que el papel del escritor dentro de un sistema consolidado de procesos bajo los que se rigen las vías de acceso a la cultura no es tan romántico como podría parecer desde afuera. Al contrario, representa una forma de supervivencia y subyugación dentro de una dinámica de poder que perpetúa la oposición entre agentes en una eterna disputa por la legitimidad. Para Pierre Bourdieu, el campo literario no está exento de verse dominado dentro de la dinámica de competencia por capital. Sea económico o simbólico, el escritor siempre termina por verse en una disyuntiva que lo obliga a elegir entre poner en riesgo su trayectoria, o bien, sacrificar una ventana de ingresos.

Escribirse en la cultura de la supervivencia
Escribir está basado casi en su totalidad en la esperanza.

Las promesas vacías sobre el tiempo

Entre estas trampas del mercado, Teroba destaca una muy particular: las promesas vacías sobre el tiempo. Desde la presión de las deadlines o fechas de entrega que exigen cumplir con cierto número de cuartillas hasta la falta de proporcionalidad entre la durabilidad o capacidad de rendimiento de la remuneración y la inversión de tiempo que toma escribir, editar y publicar un libro. Lo cierto es que escribir está basado casi en su totalidad en la esperanza que se deposita sobre la posteridad, sobre lo que esperamos del futuro, pero que permanece ausente en el presente. Y tan es así, que la única forma de romper con el ciclo de precariedad tiene que ver con la muerte. Teroba lo dice así: “Suele ocurrir que el trabajo artístico se aprecia mejor y por lo tanto generará mayor plusvalía de manera póstuma” (2024). De modo que el futuro nunca llega, y si llega, no lo hace para los escritores, sino para “las instituciones que explotan a su beneficio las labores creativas de otros, bajo el sobreentendido de que se escribe por amor al arte" (Teroba, O.| 2024).

Aunado a esto, es imposible obviar la magnitud del papel del lector como miembro indispensable para el funcionamiento y sostén de toda una infraestructura económica. La inversión temporal del autor y el editor se ven en la constante necesidad de saciar las exigencias de quien consume, o bien, de quien lee. En una era en la que abundan los libros como mera materialidad, los lectores cada vez tienen más difícil encontrar los que realmente dicen algo. En palabras de Gabriel Zaid: “Que un escritor dedique dos horas a ahorrarle un minuto al lector es absurdo, si el texto es un recado casero. [...] Sería razonable que una parte de ese beneficio fuese para el autor que se toma el trabajo de escribir bien, y para el editor que publica libros verdaderamente leíbles (que tienen algo que decir y lo dicen bien, sin erratas, bien diseñados, con índices), pero no es fácil cobrarlo”. (2010)

Escribirse en la cultura de la supervivencia
Encontrar en conjunto las narrativas que logren hacer la vida vivible.

Cuando escribir bien se vuelve incosteable

Es entonces cuando podemos afirmar que, si leer y publicar se vuelven incosteables, todavía más lo será escribir bien. La presión por ser publicado, a sabiendas de que eso no necesariamente significa ser leído deviene ya no solo en desesperanza, sino también en la pérdida de interés genuino por escribir. Es por ello que para Olivia Teroba, reivindicar y reclamar los espacios de ocio para todos los involucrados en estas relaciones resulta profundamente necesario, pues en un marco de excesos en el que se hay sobreexplotación en aras de la sobreproducción, la angustia de escribir simplemente aumenta. “Las razones económicas explican en gran parte todo ese magma monstruoso de obras reiterativas, de escritura irresponsable que inunda el mercado, convirtiendo a los novelistas en gallinas ponedoras.” (Goytisolo, J. |1997)

escribirse en la cultura de la supervivencia
La escritura también necesita condiciones para sostenerse.

Hacer sostenible la vida escrita

Ahora bien, es importante establecer que concebir las circunstancias actuales que atraviesan el oficio del escritor y de la industria del libro bajo un pensamiento binario y de oposición quedaría igual de obsoleto y absurdo que defender su reducción a lo ilusorio de lo aspiracional y romántico. En su ensayo “Literatura y dinero”, Emile Zolá explora la misma inquietud de Teroba respecto a los creadores independientes. Bajo esa comparativa podríamos establecer un paralelismo importante entre la forma de operación de las redes mercantiles permeada por una noción temporal capitalista actual y las formas burguesas que relegaban el quehacer literario al entretenimiento y el adorno. Para Zolá, es importante posicionar el nacimiento de la imprenta y el negocio editorial como la oportunidad de la literatura para reivindicarse como un trabajo que permitía la independencia y democratización de la labor artística.

Escribir y publicar por amor al arte es una conversación cerrada que revisita las nociones originales de la edición y publicación pero excluye la oportunidad de hacerlas sostenibles. Escribirse en la cultura de la supervivencia necesita reconciliar la conversación y el diálogo para explorar la posibilidad de revalorizar la industria como un tejido de correspondencia ante la inminente relatividad en la autonomía de los involucrados significa hacer por posicionarse ante los mismos obstáculos que nos atraviesan. Al final, encontrar en conjunto las narrativas que logren hacer la vida vivible. “Arrancarle al mercado nuestros afectos y nuestra finalidad en el mundo, sobre todo cuando éste es entendido como una serie de prácticas competitivas en las que falta el disfrute.[...] Pienso que es posible imaginar lenguajes y prácticas que sean una suerte de compañía, que nos invitan a retroceder, respirar, apreciar y por lo tanto a cuidar la memoria de lo vivo.” (2024)

Bibliografía

Teroba, O. (2024). Escritura y dinero. Sexto Piso. México

Zaid, G. (2010). Los demasiados libros. Editorial Debolsillo, México.

Ayuso, A. (1997). El oficio del escritor. Fuentetaja, España. Recuperado de: https://es.scribd.com/document/357817790/El-Oficio-de-Escritor-Ana-Ayuso

García-Junco, A. (2024). El yo como expiación. Revista de la Universidad de México, México. Recuperado de: https://us-mia-1.linodeobjects.com/rum/7fa92fc8-9552-46bd-9b0f-ae0c4764a8fa