En una de sus múltiples y polémicas críticas a la industria musical, el guitarrista inglés, Jeff Lynne, hizo un comentario que resume bastante bien la paradoja que hoy atraviesa al mundo del libro. Lynne hablaba de lo exasperante que resulta la velocidad con la que la tecnología actual permite producir música frente al tiempo que necesita el público para escucharla y, sobre todo, asimilarla.

Tabla de contenidos
  1. La música también sabe esperar
  2. El lector marca el ritmo
  3. La lectura no es una carrera
  4. Publicar bajo presión
  5. Encontrar el tempo correcto

La música también sabe esperar

Por más hiperproductividad y talento contenido en el Sr. Lynne, respetar el tiempo de escucha sigue siendo indispensable. De lo contrario, él mismo terminaría convirtiendo sus canciones en simples melodías de elevador reemplazadas inmediatamente por la siguiente novedad.

Que las métricas musicales y los estándares para definir un “buen éxito” han cambiado, eso lo sabemos. Las cosas son distintas en la música, pero ¿también han cambiado para el libro? La presión por publicar y la sobreproducción editorial parecen indicarnos que sí, ¿en función de quién cambió el tempo del libro? ¿Qué estamos valorando exactamente? ¿Estamos aplicando el mismo estándar temporal a un producto cultural que funciona de manera completamente distinta?

Uno de los grandes problemas del mercado editorial contemporáneo no es únicamente la aceleración de la producción, sino el intento de imponerle al libro un ritmo incompatible con su propia naturaleza. Queremos leer más rápido, leer más, leer mejor; esta maldición de la hiperproductividad no es exclusiva del lector, también aplica al autor y su urgencia por publicar un libro tras otro.

Querido autor, antes de presionar a la editorial para publicar el segundo libro, conviene recordar que seguimos hablando de libros, no de TikToks que pueden consumirse uno tras otro. “La pretensión de romper con estas lógicas temporales ha conducido a la creación de sistemas que inciden en la supresión de los elementos consustanciales de la propia naturaleza de la lectura” (Zaid, G | 2010).

Entender el tempo del libro
Respetar el tiempo de escucha sigue siendo indispensable.
entender el tempo del libro
El lector necesita un tiempo propio.

El lector marca el ritmo

¿Queremos hacer libros que se lean o que se reemplacen por otro sin llegar a lector alguno? Nos guste o no, el tempo del libro no es algo que podamos manipular a voluntad, ni la ansiedad por publicar, ni la presión por vender, ni la lógica de productividad contemporánea consiguen alterar del todo el ritmo real de la lectura.

Esta idea de “ganarle al tiempo” no nos va a ser muy útil al hacer libros. En la música, el tempo no se refiere únicamente a la velocidad de ejecución de una pieza. También involucra respiración, articulación, progresión y, por supuesto, interpretación. Del mismo modo que la música no se lee como una yuxtaposición aleatoria de elementos, el tiempo del libro necesita su propio movimiento organizado en el que ningún elemento puede ser aislado. El tiempo comienza mucho antes de la lectura, aparece desde que leemos el texto y concebimos la idea de libro como tal, cuando el proceso para publicar comienzo y hay que dirigir una posible reescritura, edición, verificación de datos, corrección, diseño, maquetación, impresión y lectura. Nuestra melodía en cuestión necesita de armonía para cumplir su última función, misma que parece que toda esta sobreproducción de libros se está pasando por alto. “El tempo interno de lectura es inamovible y su alteración deriva en pérdidas considerables de unidades textuales imprescindibles para su optimización.” (Zaid, G. | 2010). Y así como no es lo mismo hacer un reguetón que una balada, cada obra requiere de cosas distintas, algunas de muchos años y paciencia. Claro, habrá autores con la genialidad de Charlie Parker para empuñar su trompeta y con soberbia hacer la pieza perfecta de jalón, y habrá otros que prefieren arreglar los detalles en producción.

Quizá la lógica del libro funciona a la inversa, porque es fundamental comenzar entendiendo el tempo del intérprete definitivo, el lector. En el mejor de los casos, cuando todavía no olvidamos que el libro se hace para ser leído, seguimos cayendo en la ilusión de que esa lectura puede operar con la velocidad de un post de Instagram. Ni siquiera la lectura se ha escapado de las métricas, “se ha implantado (...) la idea de que una lectura fluida es equiparable a una lectura veloz” (Recio-Pineda, 2019), tan solo por lo fácil que resulta usar un cronómetro como instrumento de medición.

Entender el tempo del libro
El libro exige una forma distinta de atención.

La lectura no es una carrera

La comprensión, la atención y los recursos cognitivos implicados en la lectura terminan reducidos a términos de productividad: métricas, algoritmos, rendimiento y cualquier indicio de éxito rápidamente cuantificable. Es decir, las ventas, que nuevamente, no nos garantizan la lectura. El éxito inmediato de un libro evaluado en estos índices resulta sospechoso “como si se redujera la ofrenda simbólica de una obra que no tiene previsto el mero «toma y daca» de un intercambio comercial” (Bordieu, P. | 1992). Y acá entre nos, sabemos que muchos autores escriben para publicar, no para ser leídos, cada quién. Pero, querido autor, confiando en que le interesa que lo lean, no olvide que Franz Kafka murió pobre.

Si el ritmo impuesto al lector no es compatible con la atención real que exige el libro, terminaremos formando lectores capaces de detenerse únicamente en aquello que pueda consumirse rápidamente: la portada, la sinopsis, quizá las primeras páginas. Nada más. ¿No son estos los lectores performativos de los que tanto nos quejamos?

Las conversaciones que pueden producir estas lecturas podrán servir para parecer interesante en las fiestas, pero ojo, hay que cortar la plática a los dos minutos para que no pregunten más. ¿Y qué decir del autor que también perdió la noción de tempo? Una lógica de lectores performativos guiada por autores performativos que no buscan más que un registro de publicación para el curriculum, no ser leídos. La lógica de legitimación inmediata transforma el libro atemporal en un objeto desechable, algo que debe aparecer rápido, circular rápido y ser reemplazado todavía más rápido.

Entender el tempo del libro
Nunca seguimos el mismo metrónomo.
entender el tempo del libro
El tempo también organiza la producción del libro.

Publicar bajo presión

“Escribimos —dice Olivia Teroba— desde la deuda, la angustia y la espera” (2024). Nosotros añadimos el publicamos. Porque producir libros bajo la presión constante de la aceleración termina convirtiendo el trabajo editorial en una carrera contra el tiempo que empezamos y terminamos perdiendo, de paso nos llevamos al libro y al lector sin pena ni gloria. El libro, nos guste o no, tiene otra forma de envejecimiento. Asimilación, lectura y conversación son justo lo que sostiene su ciclo de vida a largo plazo. Pelear por el tiempo implica ajustarse al tempo correcto “no abastecer el aparato de producción, sino transformarlo” (Schierloh, E. | 2021).

Ya existen suficientes enemigos disputándose la atención del lector como para seguir peleando la batalla editorial únicamente con velocidad. Entre la sobreproducción de títulos, la crisis de atención derivada del exceso de información y otras ofertas, el libro solo puede sostenerse si logra convertirse en una verdadera propuesta de valor para quien decide dedicarle tiempo.

Encontrar el tempo correcto

“Encontrar el tempo correcto es una de las tareas más sutiles y difíciles a las que se enfrenta un intérprete” (Epstein, D. | 1995). Si vamos a disputar la atención del lector, que no sea para obtener apenas dos minutos antes de pasar al siguiente contenido.

En una de estas teorías paranoicas nuestras, producto de las muchas discusiones con autores que quieren todo a las prisas, sospechamos que la falta de armonía viene de la falta de comprensión del tempo como organización de movimiento y no solo como velocidad. Nunca seguimos el mismo metrónomo. El tempo deja de existir cuando el autor se excluye de la conversación editorial y no logra ver el tiempo real que implica llevar el libro a su mejor versión. Practicar con el metrónomo, querido autor, significa que tendremos que trabajar juntos para encontrar la sincronización y el tempo adecuado para que todos los elementos fluyan. Para hacer justicia al valor atemporal del libro y evitar convertirlo en otra canción irrelevante cargada de autotune de la que apenas sobreviven quince segundos reproducidos en Instagram.

Bibliografía

Zaid, G. (2010). Los demasiados libros. Editorial Debolsillo, México.

Recio-Pineda, S. (2019). “Velocidad de lectura, prosodia, y resultados de comprensión”. Universidad de Barcelona. Recuperado de: https://www.researchgate.net/publication/342278064_Velocidad_de_lectura_prosodia_y_resultados_de_comprension

Bourdieu, P. (1992) Las reglas del arte. Anagrama, España.

Teroba, O. (2024) Escritura y dinero. Sexto Piso, México.

Schierloh, E. (2022) La escritura aumentada. Barba de Abejas, Argentina.

Bourdieu, P. (1992) Las reglas del arte. Anagrama, España.

Epstein, D. (1995) Shaping Time: Music, the Brain, and Performance. Schirmer Books, New York.

Mix Online. (2012) Jeff Lynne. Recuperado de: https://www.mixonline.com/recording/jeff-lynne-366370

Lynne, J. (1991) Jeff Lynne interview. EQ Magazine, The ELO Network. Recuperado de: https://theelonetwork.weebly.com/jeff-lynne-interview---eq-magazine-1991.html

Gil, M. (2026). Repensar el ecosistema del libro. Trama & Texturas, Trama Editorial: https://www.jstor.org/stable/26156255?seq=5